Enseñanzas para indignados principiantes  

Por György Bálint (1906-1943)

¡Indignaos!, reza el título del popular panfleto de Stéphane Hessel publicado en 2010. Siete décadas antes un humanista húngaro, György Bálint invitó a los jóvenes a hacer lo mismo. Enseñanzas para indignados principiantes (1936) es el texto más conocido y más citado de la obra de György Bálint. La indignación es la palabra que resume su actitud ante la vida, junto a la frase “Jóvenes intelectuales, sed justos: ¡no midáis con la misma medida!”. Murió a los 36 años, aniquilado por el fascismo.

 

Me indigno, por tanto, existo. La indignación –en la sociedad actual– es la expresión máxima de la existencia de la persona intelectual. Indignarse no por agravios personales, sino por una cuestión de principios, eso es la actividad última y más intensa del intelectual, eso es su batalla en las barricadas. ¡Jóvenes intelectuales, aprended el arte de la indignación!

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La indignación no es una cosa meramente “negativa”. Si algo me indigna, me entusiasma lo opuesto; si rechazo algo, exijo lo opuesto. Es posible que este opuesto todavía no esté a mi alcance y todavía no sepa exactamente cómo es. Una sola cosa es segura: lo quiero. Lo quiero mediante no querer lo contrario, lo que hay de momento, lo que existe. La indignación es el arma más fuerte del intelectual que está fuera del ámbito del poder. Por esta razón no puede tener otro aliado que las masas que están fuera de ese ámbito. ¡Jóvenes intelectuales, indignados principiantes, eso nunca se os olvide!

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¿Qué le indigna a una persona intelectual? Bajo ningún pretexto un asunto personal. Porque eso solo puede producir en ella reflejos pragmáticos: ira, envidia y tal vez pasos tácticos. Éstos pueden contribuir a la indignación, pero no bastan en sí. Para lograrla se necesita algo más allá de lo personal, algo de principios universales. Las masas oprimidas y explotadas se vuelven militantes mediante la multitud estructurada y sistemática de agravios personales: en el caso de las masas, lo personal y lo universal, lo pragmático y lo teórico son unidades indivisibles. La situación es distinta en el caso del intelectual cuya manera de pensar y cuyo trabajo son de carácter solitario. Esta persona considera el agravio personal de las masas como un agravio de los principios universales y esto sí que lo ve como algo personal. La causa de las masas se convierte en su causa personal, siempre que la función correspondiente a los principios, la indignación, ayude a esta transformación. Solo así se puede entender que haya personas intelectuales acomodadas que llegan a ser militantes de la causa de las masas hambrientas y personas intelectuales en la miseria, que vestidos con harapos y dos monedas de pengő como embarazosa limosna en el bolsillo, siguen siendo fieles a los que están dentro del ámbito del poder. Grabad en vuestra memoria, jóvenes intelectuales, una y otra vez: lo decisivo no es el agravio personal. ¿Os acordáis de los casos de ciertos escritores sociales famosos? Fue el agravio personal el que los acercó a las masas, en vez de que el agravio de las masas se convirtiera en su causa personal mediante la fuerza de los principios. Con el paso del tiempo se cansaron de estar agraviados y además empezaron a tener menos razones para estarlo. Sus asuntos privados mejoraron e hicieron una paz separada. Jóvenes intelectuales, aprended de su ejemplo. Vuestra indignación necesita una base de principios, es más, hasta cierto punto, una base teórica. No hay indignación suprema sin teoría. Hay que saber ciertas cosas: solo de esta manera pueden indignarme una persona falsa, una estatua fea, un pensamiento negligente o una sociedad falsa, fea y negligente.

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Hay entre vosotros algunos que no saben indignarse o los que se indignan por todo. Hay personas que consideran tolerable que el fuerte Pedro pegue un golpe a la cabeza del débil Juan y hay otros que se indignan si Juan se atreve a devolverle el golpe a Pedro. Ahora no vamos a hablar de los primeros, de los inconmovibles, de los “sabios”: ellos son los inútiles intelectuales de pacotilla a los que se puede aplicar la frase acertada de Oscar Wilde: “El hombre sabio soporta con calma impasible los golpes que sufre su prójimo”. Son más importantes y más peligrosos los demasiado inquietos, los demasiado indignados. Son muchos y no tienen suficiente tino. Para ellos, el golpe atacante de Pedro y el golpe defensivo de Juan son lo mismo. No se debe pegar golpes, dicen, ni siquiera devolverlos. Fue este espíritu el que hace poco inspiró el título de un reportaje que llegó a ser famoso: “Se defendieron con una brutalidad sin antecedentes…”. Son ellos los que le tienen la misma lástima al ternero derribado y al carnicero al que le han entrado agujetas de tanto derribar terneros. Son ellos los que recomiendan comprensión mutua a las dos partes cuando una ya está estrangulando a la otra; son ellos los que preservan su neutralidad incluso cuando el más débil ya apenas jadea entre las garras del otro. Son ellos los que no conocen la diferencia entre una y otra violencia y los que tampoco reconocen las grandes similitudes. Porque no toda violencia es visible, no todo asesinato va acompañado de sangre. El hambre es un estilete tan cruel como cualquier puñal. Hay algunos a los que les sorprenden un par de víctimas en un disturbio callejero, pero los deja indiferentes la agonía lenta de cientos de miles de personas de vida miserable. Jóvenes intelectuales, no los sigáis. Aprended bien hacia dónde tenéis que dirigir vuestra indignación. Es un arma cara, comete un crimen el que la usa incorrecta y superficialmente. Jóvenes intelectuales, sed justos: ¡no midáis con la misma medida!

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Y una cosa más: nunca os avergoncéis por estar indignados. No creáis que es una emoción indigna de la persona “salvaje” e intelectual. La dignidad humana surge con más esplendor en las situaciones insólitas e inesperadas. Sed listos, es la primera regla, pero al mismo tiempo sed resueltos, es la segunda pero no menos importante. “Vivid peligrosamente”, dijo Nietzsche y se puede añadir: sentid peligrosamente, es más, pensad peligrosamente. No cultivéis la dualidad de la emoción y del pensamiento, creed en la unidad de los dos. Sea el pensamiento el que calcule la distancia y la necesaria fuerza del impulso y después haga volar vuestra emoción desde las orillas, seguras pero estrechas, de la personalidad hacia las aguas abiertas del peligro. Jóvenes intelectuales, actuad con el mayor riesgo: en algunos grandes y decisivos momentos, perdeos. Sumergíos en el remolino histórico de las masas para que, más tarde, después de la tormenta podáis emerger bajo el cielo despejado y, renovados, volver a encontraros con vosotros mismos.

Traducción de Éva Cserháti